Déjame un ratito más… por favor

Laura Frost

Serían sobre las 22:35 de la noche y un compañero me envía un video de uno de nuestros pequeños, uno que además tiene unos cachetes sonrosados siempre que son el delirio de cualquier viejecita de estas que van dando apretones. La cosa es que el pequeño estaba en su negociación. “Venga sí, déjame un ratito más, hasta las once menos cuarto”. Y el educador: “Sabes que la hora de ir a la cama son las diez y media”. El enano de nuevo: “Venga, por fi, por fi. Te prometo que si me dejas me voy sin protestar”. A la media hora recibo una fotografía, era de la habitación del pequeño. Había ordenado toda su ropa sobre una silla y los zapatitos al lado y se había metido en la cama. La fotografía venía acompañada de un mensaje: “Mira lo que ha hecho Guille, y sin que yo le diga nada”. Esto puede parecer una anécdota muy tonta, todos los niños negocian y se trajinan a sus adultos cuidadores, sean padres o no, y muchos ordenan su ropa y zapatos, claro. Pero para un niño con trastorno reactivo del apego, con diversidad intelectual de un 38%, que a los 11 años todavía no sabe leer y escribir y que sufre de graves crisis de violencia e incluso autolisis es un logro muy, muy grande. Encontrar ese espacio, que para ellos es muy pequeño, donde poder comunicarse sin darle cabida a la ira y al miedo, encontrar las palabras –que parece sencillo, pero para ellos no lo es-, poder autocontrolarse y cumplir con su promesa, eso, quiero deciros desde mi dilatada experiencia que es un milagro. Siempre lo he dicho, bueno, o al menos vengo diciéndolo hace mucho tiempo, mis compañeras y compañeros hacen magia. Y con magia no me refiero al arte del birlibirloque (que también son maestras de ese arte), sino a ese campo gravitatorio de energía suprema que generan con toda su profesionalidad y amor. Firmeza y amor, eso les escucho repetir una y otra vez. Y se lo repiten a ellos mismos y se lo transmiten a los chicos y chicas. No dan cabida a la desesperación, ni se rinden. Se mantienen firmes, en las normas, en las orientaciones educativas, en los encadenamientos educativos, en las contenciones físicas y emocionales, sí se mantienen firmes. Pero también lo hacen con ese corazón que llevan en la palma de la mano que les permite ofrecerse con una sonrisa incluso en los peores días, en estar disponible para saltar, bailar, hacer deporte y las aburridas cuentas de matemáticas, o lo que es todavía peor, las oraciones sintácticas. Educar desde el amor es imprescindible con este tipo de chicos y chicas, pues la constitución de vínculo y alianza terapéutica es lo único que permite a mis compañeros ayudarles en salir adelante. El caso concreto de Guille es digno de mención porque llegó a nuestro centro soportando unos niveles de deterioro muy alto, con brotes de violencia diarios y días de varias veces, delirios, sumido en un profundo bloqueo emocional, enuresis secundaria, obesidad infantil… en fin, algo muy, muy complicado. En estos dos años, Guille ha evolucionado de una forma muy significativa y ha mejorado sustancialmente, aunque queda mucho trabajo por hacer. Antes, ni tan siquiera sabía jugar con juguetes, es más no sabía jugar solo, ahora se entretiene solo periodos de tiempo considerable, puede estar solo en su habitación pintando y jugando sin sentirse encarcelado, participa activamente de las actividades de grupo. Pero, sobre todo, ahora Guille se deja abrazar y besar, algo que en un principio era muy complicado, casi imposible. Esto nos pone de manifiesto que la intervención cognitivo-conductual (que es imprescindible con este tipo de chicos y chicas) cuando realmente funciona, es eficaz y da resultados es cuando se acompaña de un enfoque centrado en la educación emocional y el apego. Mis compañeros y compañeras son expertos en este tipo de técnicas mixtas, las ponen en práctica desde la individualidad, además. Diseñan programas de intervención para cada uno de los menores y evalúan su desarrollo y avances semanalmente. Y por eso Guille negocia, y ordena la ropa, y se ha integrado perfectamente en el colegio. Educar con el corazón es uno de nuestros lemas, y ellos lo hacen a diario, incluso cuando están agotadas, o cuando han sufrido una agresión, o cuando los turnos se hacen eternos. Estas técnicas funcionan porque ellos no desisten y porque se forman y porque creen en los niños y en su capacidad para evolucionar, para superar sus propios traumas y dolores. No puedo sentir más que admiración por ellas y ellos, me fascina verlos, escuchar sus risas cuando cuentan las anécdotas de los pequeños, cuando los monitorizan en redes sociales porque se preocupan por su bienestar. En fin… debe ser que me hago vieja. Y qué gracioso está Guille, podría contar miles de cosas de él: un día se colocó una piña de plátanos sobre la cabeza y parecía una Carmen Miranda en chiquitito. Qué suerte ha tenido con los profesionales que lo atienden, pero qué suerte tenemos nosotras y nosotros de aprender todos los días de él, de su fortaleza, de su valentía y de sus cachetes rosas.

Nota: Guille, evidentemente, es un nombre inventado.