No puedo más, quiero volver al colegio

Laura Frost

Estas últimas semanas están siendo vertiginosas a nivel familiar, social e institucional en lo que se refiere a la vuelta al colegio de nuestros pequeños y jóvenes. Sin un Estado de Alarma decretado oficialmente donde prime el teletrabajo por encima del presencial, muchísimas familias están soportando altos niveles de stress al no saber qué hacer con sus hijos e hijas si se decide que la enseñanza en septiembre no será de carácter presencial, y de nuevo esa responsabilidad volverá a recaer principalmente en las mujeres que serán las más afectadas en esta situación. Pero además, existe confusión social, no todas las Comunidades Autónomas ponen en marcha las mismas medidas, se deriva demasiada responsabilidad a los equipos directivos y docentes y no parece ser que se esté prestando mucha atención a los especialistas reales (que son las profesoras y profesores) que piden una disminución drástica de la ratio. Esta situación no es exclusiva de Andalucía, se extiende por todo el Estado, aunque aquí somos más millones, eso es indiscutible y además se ha recortado bastante en educación pública. Gran parte de los colegios andaluces, principalmente los de la educación concertada, está poniendo de manifiesto varias cuestiones: una de ellas es que se quejan de la enorme responsabilidad que se les atribuye y otra que no disponen de los medios necesarios para activar con garantías los protocolos que se exigen desde la Junta de Andalucía.

Pero yo vengo aquí a hablar de mi libro, parafraseando al señor Umbral que creo yo que se que ha hecho más famoso por la dichosa fasecita que por los libros que ha escrito. Nuestros niños y jóvenes altamente traumatizados y con problemas de conducta. ¿Qué pasa con ellos y ellas? Puede parecer una locura, porque estos chicos son latosos en las aulas y les cuesta asumir la disciplina académica, pero además es que no encuentran (en la mayoría de los casos) mucha motivación para centrarse en los estudios. Aun así, para ellos y ellas, salir de casa, ir al cole, ver a sus maestros con los que establecen vínculos tranquilizadores y a sus amigos y amigas es muy importante. Estos chicos y chicas, dentro de casa se sienten más enjaulados que nadie y para los profesionales que les atienden los días se convierten en episodios constante de Humor Amarillo donde se van sorteando pruebas – a cada cual más exigentes e incluso violentas- de un modo desgastador y preocupante.

No se ha visto un verano más eterno para los niños y jóvenes de este momento actual y no se ha conocido incertidumbre más prolongada en el tiempo. No debe ser fácil, no me cabe la menor duda, para las administraciones públicas en general, pero menos aún lo es para las maestras y maestros si no se ponen medios y para las familias, en este caso nuestros, las familias sustitutas que constituyen los centros de protección de menores.

Los chicos que presentan estas características donde el apellido “trastorno” les acompaña a todas partes no viven con sus familias, pero tienen derecho a verlas en regímenes de visita por lo que podemos hablar de distintos núcleos de convivencia, y además necesitan de sus colegios porque se oxigenan, interactúan con otros contextos que les generan bienestar porque su existencia en la “cárcel emocional” en la que ya están atrapados de por sí es complicada. Necesitan de ver a sus amigos, compañeros, parejas sentimentales. Y los profesionales que los atienden se desbordan con una ansiedad anticipatoria incontrolable. ¿Qué vamos a hacer con ellos otra vez todo el día en casa? Se sienten enjaulados, el comportamiento disruptivo aumenta, el pensamiento neurótico, los intentos de autolisis se disparan. Estos chicos necesitan aire, espacios abiertos y también cambios de contexto que oxigenen su día a día.

Septiembre y la vuelta al cole se presenta como un escenario bastante hostil, para qué vamos a negarlo, pero para los chicos y chicas con trauma complejo y dificultades en la conducta mucho más. Y para los profesionales que los acompañan es cómo enfrentarse a un páramo helado sin brújula. Creo que, la sociedad en general, necesita que se nos tranquilice ya en este sentido, que se empiecen a poner en marcha medidas de seguridad y planes organizados, serios y con medios desde las administraciones públicas competentes en materia de educación para que las familias y, sobre todo, los niños y niñas sientan seguridad. Porque además en el caso de nuestros menores, eso les hace conectar cada vez más con su dolor, con su sensación de vacío, de soledad, de pérdida de sentido vital, y eso, os aseguro, no es nada bueno. Para nadie, en realidad.