En busca de un lugar seguro: el laberinto de las familias intermitentes

Gorka Saitua

En el contexto de protección a la infancia, nos encontramos con muchas familias con funcionamiento intermitente.

Familias intermitentes, según G. Nardone, son aquellas en las que no hay bases seguras. Esto es, en las que las niñas, los niños y las personas adolescentes, no cuentan con relaciones suficientemente predecibles para poder refugiarse a través de la comprensión, la empatía y los cuidados.

Lo primero que llama la atención en estas familias, es su funcionamiento caótico. Las fronteras no están delimitadas, y cualquiera puede entrar o salir del sistema familiar, sin filtros. Por ejemplo, llegan nuevas parejas, sustituyen al padre o a la madre y, de la noche a la mañana, son expulsadas, sin contemplaciones ni explicaciones hacia las y los pequeños. La organización familiar varía de un día para otro, y nadie permanece en su sitio.

No es infrecuente que estas niñas y niños estén expuestos a situaciones de riesgo como, por ejemplo, el abandono, la corrupción o el abuso o el maltrato de alguna de esas personas que entran o salen. A veces, cuando la situación se desborda, las niñas y los niños que han sido criados así, deben ser protegidos. Es decir, declararse su situación de desamparo, y asumir su tutela.

Las niñas y niños que han vivido en el caos, suelen mejorar mucho en un centro de acogida. Las normas y los límites son claros y estables, y han cierta coherencia y predictibilidad en el funcionamiento adulto. Si no existen conflictos entre la administración y la familia de origen, empiezan a desarrollar capacidades que parecía que no eran su fuerte como, por ejemplo, la atención, la memoria, la reflexión, la planificación o la empatía. Es decir, que mejoran mucho en relación a su función ejecutiva.

Por otro lado, suele ocurrir que la separación “da aire” al resto de la familia. Sin las y los pequeños en casa, todo el sistema empieza a funcionar de manera más estable, coherente y equilibrada. A fin de cuentas, el sufrimiento de los adultos suele estar relacionado con la reactivación de sus propias experiencias traumáticas infantiles, a través de la conexión con las viviencias y reacciones de sus hijas o hijos. En su ausencia, pueden organizarse mejor, apartando el dolor que acarrean durante toda una vida.

Y, en esta ilusión, es donde volvemos a aparecer las figuras de las educadores y educadores familiares. Porque, si las niñas y los niños están mejor, y las personas adultas también, habrá que empezar a valorar un posible retorno, apoyando a la familia en ello. Mejor pronto que tarde.

Como sabéis, hacer este tipo de valoraciones es un proceso difícil y complejo. Son demasiadas variables. Por eso, es importante que tengamos un esquema claro que identifique la información clave.

Aquí, hay tres preguntas a considerar por encima de otras:

¿Cuáles son los lugares seguros o las bases seguras de las niñas y los niños?
¿Peligran con la reagrupación familiar?
¿Puede sostenerlas la familia?

Un lugar seguro es toda aquella relación, lugar, actividad, sustancia, o lo que sea, que permite a una persona regularse y volver a un estado de integración mental. Son el refugio al que se puede volver cuando hay peligro o inseguridad sentida. Y digo “sentida”, porque el miedo, a menudo, puede no relacionarse con hechos objetivos, sino con la conexión de sucesos ordinarios con las experiencias traumáticas.

¿Qué suele ocurrir aquí?

Que las niñas y los niños que se han criado en entornos caóticos y cambiantes, suelen tener unos lugares seguros que les perjudican.

Como no han podido confiar en relaciones adultas que les regulen, pueden tender al aislamiento, a la disociación, al consumo de drogas, la promiscuidad sexual, a la delincuencia, o a cualquier otra cosa que les proporcione la sensación de calma o control que nunca han tenido.

Y la respuesta lógica de las figuras adultas, familiares o profesionales, es luchar contra eso.

Se crea y recrea, así, un círculo vicioso. Porque, cuanto más amenazados sienten esos lugares seguros, más se resisten y se encierran en ellos. Y cuanto más se resisten, más presión reciben por parte de su entorno. Y vuelta a lo mismo.

Nostras y nosotros, como educadores familiares, tenemos mucha responsabilidad en esto. A fin de cuentas, somos un enlace entre la experiencia de las niñas y niños, las administraciones y las familias. Y es nuestra responsabilidad poner en valor todas aquellas cosas que dan seguridad a estas chicas y chicos, por muy feas que parezcan, porque sólo si se respetan, es decir, si no se tocan, podrán salir a explorar otras alternativas fuera.