Corren malos tiempos para la infancia

Laura Frost

En la primera ola fueron los estigmatizados, se los señaló como los grandes contagiadores invisibles y la infancia tuvo que soportar la enorme carga moral, con sus consiguientes dosis de chantaje emocional, de sentirse responsables de hacerle daño a sus seres queridos, sus abuelos. Aguantaron el tirón, dando enormes lecciones, se adaptaron a dar clases virtuales y a hacer los deberes mientras sus progenitores se entrenaban arduamente en el arte del birlibirloque o lo que se denomina oficialmente “teletrabajar y conciliar” (una de las grandes mentiras del siglo, por cierto), ese gran oxímoron, por otro lado. Y no me estoy refiriendo exclusivamente a esos niños que viven en domicilios amplios con calefacción central y buenas terrazas, lo hago principalmente a la mayoría de niños de esta comunidad que viven en pisos diminutos, sin balcones siquiera y que no conocen el concepto de “azotea transitable”, jardín, o patio comunitario. Luego nos abrieron las puertas, y salimos todos como toros por toriles, a ellos, a los más pequeños me refiero, les dejamos las peores horas, las de las inclemencias climáticas aquí en el sur, porque no habían tenido bastante con soportar la carga mental y afectiva de sentirse responsables de la muerte potencial de sus abuelitos ahora tenían que montar en patín y bicicleta con mascarilla a las cuatro de la tarde sureña, que no es una buena hora ni para recibir un giro postal. Pero bueno, llega el verano, y las vacaciones, y aquí parece que los responsables últimos de este asunto que no son otros que los gestores de las administraciones públicas van se marcan un “cucú tras” es decir, si no lo miro no está, y nos olvidamos que llegará un mes de septiembre y el inicio de un curso escolar. Los toros que soltamos en junio nos pillaron en septiembre, claro está, y bien pillados. Solución: que los docentes y los padres se echen a pelear, que mientras ardan las redes nosotros no vamos a acondicionar colegios, abrir más líneas, bajar ratios y demás cosas que durante julio y agosto deberíamos haber previsto y ejecutado. Algo, que, por otro lado, estaría bien hacer por se, pues hace mucho tiempo que los expertos en educación de este país, que somos nosotros, los que nos dedicamos a esto, no los voceros de las redes sociales, venimos pidiendo: educación pública de calidad para mejorar los niveles educativos y de empleabilidad de este país. Y nada, ahí van ellos, la infancia me refiero, con sus mascarillas que no se quitan ni para jugar en el patio, respetando distancias, con las manitas peladas (literalmente) de tanto gel hidroalcohólico, sin decir ni esta boca es mía. ¡No pueden ser más grandes estos pequeños! Y ahora nos llega Filomena, que no es una super heroína de un cuento, ya quisiera yo y ellos, claro está. Filomena llega con una “jartá de frío” en aulas con ventanas y puertas abiertas porque no se ha bajado la ratio y hay 25 niños por clase donde debería haber 12 o 15 a lo más. Ventilaciones cruzadas con -1º a las 9 de la mañana (en el mejor de los casos), con lluvia (algunas clases con goteras), y la infancia con gorros, chaquetones, mantas, cojines y guantes dando sus clases. ¿Y yo me pregunto? ¿A estas personas responsables no se les parte el alma? Decididamente corren malos tiempos para la infancia, han sido y están siendo los grandes olvidados de esta Pandemia, cuando, paradójicamente, ellos son el futuro y son los únicos que podrán salvarnos del inminente desastre.