El autocuidado en educación familiar

Gorka Saitua

Uno de mis grandes errores de novato fue SOBRESTIMAR EL MÉTODO. Afrontar el trabajo con familias como una cuestión meramente técnica.

En mi imaginación, yo debía ser EL EXPERTO que solucionara SUS problemas, a través de la superioridad que me otorgaba mi formación y mi posición privilegiada como observador participante, que puede ver la realidad como es, sin interferencia de sentimientos de ningún tipo.

Así, como lo cuento.

Tuve esta actitud durante más tiempo del que me gusta reconocer, entre otras cosas, porque cuadraba bastante bien con la demanda hacia mi equipo, y con mis propias estrategias de regulación emocional, consolidadas durante toda una vida.

Y es que, en protección a la infancia, se fijan objetivos y se piden resultados. Y, de una u otra manera, se presupone que la evolución del caso, en unos tiempos concretos, es el resultado de la calidad del trabajo del educador familiar asignado.

Por eso tendemos a atribuirnos los logros de las familias, y a echarles la culpa de los malos resultados. Muchas veces la prioridad es protegernos, más que encontrar soluciones creativas a los retos que impone el trabajo.

Pero no echemos toda la culpa al sistema, que yo también traía mi propia actitud de base: no hace falta que os diga que me enfrento a las dificultades activando la razón y la distancia afectiva.

En términos de la teoría del apego, diré que tiendo a la EVITACIÓN. Y eso tiene implicaciones directas para mi trabajo, porque la gente a la que acompaño, que a menudo presenta apegos inseguros o desorganizados, resuenan todo el rato conmigo.

Así que vamos a exponer lo que PROVOCA mi forma de enfrentar la inseguridad que siento en mi trabajo.

Por ejemplo, para las personas ANSIOSO-AMBIVALENTES puedo ser una pesadilla. Esta gente es especialmente sensible a las señales relacionadas con la presencia efectiva. Y cuando se hace cargo de todo mi cerebro izquierdo, se quedan muy solitas, muchas veces recurriendo a la activación que tanto rechazo me genera. Podemos entrar, así, en un círculo vicioso, de difícil salida.

«No me entiendes, colega, no te estás poniendo de mi lado. Eres un falso. Quieres escapar de mí, como tanta gente que me ha hecho daño. Maldito seas», por ejemplo.

Pero la cosa no es mejor para las personas con un sistema de apego EVITATIVO, que son especialmente sensibles al rechazo o a la invasión de su vida íntima. Para ellas y ellos, mi actitud distante y proactiva, conecta con sus pesadillas. Porque pueden sentirse rechazadas e incomprendidas, y como tiendo a empujar o tirar de ellas, invadidas en su esfera de decisiones íntima.

«¿Vas de listillo? ¿Qué te crees que te puedes meter en mi vida así, como un elefante en una cacharrería? Si no tienes ni idea. Anda, arranca, y déjame seguir con mi vida», quizás.

Pero es peor, incluso, con las personas DESORGANIZADAS o afectadas por TRAUMA COMPLEJO, que a menudo soportan historias de vida saturadas por experiencias de maltrato y abandono, que les han llevado a recurrir a estrategias DISOCIATIVAS. Ellas y ellos conectan sienten mi forma de protegerme como un rechazo y con la expectativa de que voy a provocarles daño, así que, cuanto más intento hacer bien las cosas, peor se sienten.

«A mí no me engañas. Tienes dos caras. Vas de amigo, pero en el fondo me quieres joder. Estás maquinando en mi contra, como en el mundo entero», pueden sentir, entre otras cosas.

Ni qué decir tiene que lo que me llega de vuelta, en los tres casos, dispara más si cabe mi sistema de defensa, por lo que puedo entrar en un círculo vicioso de la pera.

Ya sé lo que estás pensando, oye.

Debería dedicarme a otra cosa.

Quizás, poner una tienda de flores o, más coherente con mi forma de ser, dedicarme a reparar ordenadores.

O, yo que sé, mirarme eso.

Y aquí es justo donde llega la solución —o soluciones— que hasta la fecha me ha servido: priorizar, por encima de otras cosas, ACOMPAÑAR a las personas con quienes trabajo.

Has descubierto Roma, tío.

Espera, que lo explico.

Acompañar implica estar presente en la propia experiencia y en la de las personas con quienes trabajo —como dice Ade Navaridas, terapeuta a quien respeto mucho— 50-50 %. Es decir, sostener una actitud de autocuidado tan intensa como la atención que ofrezco a la gente a la que debo mi trabajo.

Mirarme, atenderme, hablarme con cariño y cuidar de lo que siento, tanto como lo hago con la gente que llora, se enfada o desespera a mi lado.

Eso mantiene a mis PARTES PROTECTORAS tranquilas, sabiendo que hay un ADULTO sabio, fuerte y amable que SE ESTÁ HACIENDO CARGO.

Acompañar significa también confiar en que las personas pueden acceder a BUENAS SOLUCIONES para su sistema nervioso y su vida, si activan la EXPLORACIÓN al sentirse seguras. Que sí, que puedo poner cosas sobre la mesa, y podemos sopesar alternativas, pero mi prioridad es cuidar de su sistema de protección para que puedan mirar la realidad con compasión y curiosidad, repito, desde la sabiduría, la fortaleza y la amabilidad de las que son capaces.

Para ello, mi prioridad es tratar bien. Pero tratándome bien, en paralelo, a mí mismo.

Porque, aunque la vida me haya colocado allí, en un puesto de autoridad designado por la administración competente, no soy mejor o diferente a ellas y ellos.

Yo también lo paso mal y me desregulo. Y la realidad es que también me pasa con ellas y ellos. Pero también me repongo, reparo y cuido. Y con todas esas debilidades y fortalezas, tenemos que formar un equipo que mantenga a raya a la inseguridad y el miedo.

Un equipo en el que cuidarnos es la prioridad, por encima de buscar soluciones.

En el que nuestros fantasmas, también, sientan que se les atiende, se les escucha y se les cuida, y permanecen a gustico.

Yo qué sé. Igual la tienda de ordenadores puede esperar.

De momento.